quinta-feira, 15 de dezembro de 2016

Funerais de totalitários

Francisco Urra e Roxana Viira recordam os faustosos funerais de ditadores sanguinários, que infernizam os cidadãos até à cova:


La reciente muerte de Fidel Castro, y el ritual de su funeral (¡9 días!) no dejan de llamar la atención dado el culto a la personalidad de los estados comunistas y del que el extinto dictador caribeño no era excepción. Esto nos hace recordar algunos funerales de los “líderes del pueblo”, quienes en herméticos y cruentos sistemas totalitarios también convocaron a masas desenfrenadas y fanáticas ante sus restos mortales, ya sea por convicción ante los ideales comunistas o por el terror al ser inscritos en alguna lista de enemigos del régimen.

El funeral de Josif Stalin tiene muchos de estos elementos, desde una maquinaria propagandística hasta seguidores incondicionales y fanáticos, sumado a una lucha por el control del poder. Su legado fue el fortalecimiento de un sistema totalitario donde el sistema socialista oprimió y esclavizó a millones de personas buscando la instauración de la utópica “Dictadura del Proletariado”.

La muerte de Stalin fue la noticia №1 en todo el mundo el 5 de marzo de 1953. En París, Lisboa, Berlín, Nueva York y miles de otras ciudades, los periódicos más importantes del mundo publicaron con grandes titulares en sus portadas el fallecimiento de Stalin. La Unión Soviética (URSS) declaró un duelo de cuatro días. Todos los ministerios, departamentos, direcciones, fábricas, universidades y escuelas se paralizaron. El funeral se marcó para el 9 de marzo de 1953, organizado por Nikita Khruschev. El destino de Stalin era el Mausoleo de la Plaza Roja, junto al mismísimo Lenin.

Durante su velatorio, el cuerpo del dictador estuvo en el Salón de las Columnas. Allí llegaba la gente para darle el ultimo adiós. Allí, en un pedestal, ahogado en flores, estaba el ataúd con el cadáver. Stalin vestía su uniforme gris-verde con botones de oro. Junto al ataúd pasaban los más importantes líderes del partido y del gobierno para hacerle la guardia. Una fila interminable entraba y pasaba, los moscovitas comunes y corrientes así como los residentes de otras ciudades venían a despedir al jefe de Estado y pasaban por breves segundos ante sus restos mortales. Se estima que de los 7 millones de habitantes de Moscú 2 millones quisieron pasar a ver al fallecido líder.

A través de una entrada especial, sin colas, ingresaban las delegaciones extranjeras. La gente común y corriente hizo interminables colas durante 3 días y 3 noches. En las calles había camiones con sistemas de iluminación montados especialmente para la ocasión. Hubo conmoción pública e incluso varios casos de ataques cardíacos, gente llorando en lugares públicos así como en escuelas, fábricas y sitios donde abundaban los homenajes al dictador.

La organización de la despedida fue ampliamente superada por las enormes masas que asistían al velatorio. En el centro de Moscú se formó una gran multitud de personas que los soldados no supieron dividir adecuadamente para que el flujo de personas no los desbordara. El apogeo llegó en una estampida cerca de la plaza Trubnaya donde murieron, según cálculos aproximados, cientos de personas, muchas terminaron en estado de shock, otras se salvaron de ser aplastadas gracias a patios, dinteles, vitrinas rotas de las tiendas, mientras otros lograron salvarse al meterse debajo camiones o encaramándose a árboles. Testigos contaban que después de que la multitud se dispersó, tras una fuerte intervención militar, había montones de ropa y calzado dispersos en la plaza y en las calles.

La escritora Nina Caterli relata un ejemplo del fanatismo desenfrenado: “Al día siguiente, fui a la Casa del Libro. Había una cola enorme y compré un retrato de Stalin. En casa, colgué el retrato en la pared, caí de rodillas y juré que iba a entregar todas mis fuerzas por la obra del Partido comunista y si fuera necesario, la vida”. Recordemos que el premio Nobel de Literatura chileno, Pablo Neruda, dedicó una oda a Stalin en la cual, además de demostrar su admiración por Lenin y por el difunto, señalaba: “Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana, icé a media asta la bandera de Chile. Estaba solitaria la costa y una niebla de plata se mezclaba a la espuma solemne del océano. A mitad de su mástil, en el campo de azul, la estrella solitaria de mi patria parecía una lágrima entre el cielo y la tierra. Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo, y se sacó el sombrero”.

Después de la muerte de Stalin, hubo una lucha por el poder entre Lavrenti Beria, Nikita Khruschev y Georgi Malenkov, los más cercanos a Stalin. Khruschev fue le que alcanzó el poder. La suerte fue distinta para otros: el 26 de junio del 1953 Beria fue arrestado y luego fusilado. Es lo que en Occidente se conoce como “la purga de poder”, que terminaría con la vida de varios importantes líderes del régimen relegados sin privilegios.

El culto a la personalidad de Stalin fue denunciado por Khruschev en el año 1956, y luego empezaron las rehabilitaciones de los presos del Gulag, entre ellos miles de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial que aún se mantenían allí como esclavos. El cuerpo de Stalin fue sacado del Mausoleo el 31 de octubre del 1961 y fue enterrado junto a una pared del Kremlin, a diferencia del cuerpo embalsamado de Lenin que aún se puede visitar en Moscú.

El caso de Stalin corresponde a la típica maquina propagandística totalitaria. El cambio en el poder mermó su imagen al reconocerse sus crueles prácticas, sin embargo no destruyo los pilares del régimen soviético. Por muchas décadas, las rotativas siguieron produciendo propaganda sobre Stalin, que basada en una doctrina violenta y excluyente, siguió siendo ejemplo para fanáticos en la Unión Soviética y fuera de sus fronteras para los seguidores de la lucha de reivindicación y establecimiento de la dictadura del proletariado.

Han pasado varias décadas desde su muerte y sin embargo las atrocidades de su cruel régimen no cesan de sorprender a los investigadores. Stalin fue un hombre soberbio y ególatra, que junto a otros, impuso una inhumana ingeniería social junto al culto a la personalidad. Stalin ejerció el poder con mano de hierro. La historia no lo absolvió de sus crimines, como tampoco, a la ideología que esparció por el mundo. Pero sigue habiendo comunistas y esta ideología totalitaria sigue defendiéndose en demasiados lugares. ¿Cuándo aprenderemos la lección? (Libertad.org).

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