quarta-feira, 1 de agosto de 2018

A ética do capitalismo segundo Deirdre MacCloskey

Santiago Calvo analisa, em artigo publicado pelo Instituto Juan de Mariana, o pensamento de Deirdre MacCloskey, que jamais mereceu uma tradução no Grotão destruído pelo lulopetismo. Bene, tenho a trilogia da autora para ler, via Kindle. Danem-se, editores brasileiros. Morram abraçados ao esquerdismo:

“La economía política es la ciencia que investiga las leyes de los fenómenos sociales que se desprenden de las operaciones combinadas de la humanidad para la producción de riqueza, en la medida que esos fenómenos no se vean modificados por la búsqueda de cualesquiera otros objetivos”
–John Stuart Mill.

“La expresión “virtudes burguesas” no es ninguna contradicción. Es el modo como hoy vivimos la mayor parte del tiempo, en el trabajo, en nuestros días buenos; y la manera como deberíamos vivir, de lunes a viernes”
–Deirdre MacCloskey.

El liberalismo es pecado y por ende todo aquello que esté relacionado con dar una mayor autonomía y responsabilidad de acción a los individuos, o al menos eso es lo que decía hace más de 130 años el sacerdote Félix Sardá y Salvany, al que Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo han conseguido desacreditar, tanto lo dicho por el sacerdote como por todos los enemigos del comercio y del mercado.

Sin embargo, las críticas al capitalismo continúan siendo constantes por parte de la izquierda, y no tanto porque este sistema no sea capaz de generar riqueza, sino más bien porque no sabe distribuirla y, además, incentiva los comportamientos poco éticos y virtuosos en el que la competencia, la codicia, la injusticia, la extremada racionalidad de los empresarios y el engaño son la base a través de la que se sustenta la acumulación del capital.

La raíz de todos nuestros males, por lo tanto, deberían situarnos en el año 1800 en adelante, cuando la libertad se fue asentando en numerosos países. Pues bien, durante los últimos 200 años la población se ha multiplicado por seis, y a pesar de dicho crecimiento de la población, y en contra de las teorías malthusianas, la cantidad de bienes y servicios producidos y consumidos por persona se han incrementado por más de 8. Si tomamos países genuinamente capitalistas, el éxito es todavía mayor, como en Hong Kong o Estados Unidos, con un incremento de hasta 20 veces del ingreso per cápita. El descenso de la desnutrición, la mejora en el acceso a agua saneada o el aumento de la esperanza de vida permiten reforzar la idea de progreso de la humanidad gracias al capitalismo global.

Sin embargo, ¿cuántos de nosotros venderíamos nuestra libertad y nuestra alma al diablo para conseguir un mejor bienestar material?, y eso es en esencia lo que indican muchos autores de izquierda, a saber, el capitalismo ha logrado un gran bienestar material, pero a costa de acabar con todo comportamiento virtuoso, cegándose los burgueses por su “superficialidad y materialismo”.

Pero Deirdre MacCloskey, en su magnífico libro Las virtudes burguesas, considera que el capitalismo ha ido ligado al comportamiento ético. La autora sostiene que “la producción y el consumo carece de un propósito inherente”, por lo que “no está claro que consumir en el centro de Manhattan tenga menos sentido que hacerlo en la anticapitalista Corea del Norte” Es. más, el estadounidense medio actualmente dedica el 70% de su ingreso a actividades como el ocio, que sirven para “mejorar el espíritu”, cuando en 1880 prácticamente el 80% de sus ingresos debían destinarse a comprar alimentos, y es que una población más rica y urbanizada tiende a ser “menos violenta, menos materialista y menos superficial”, ya que “la gente cuenta ya con bienes materiales”.

El ahorro, la seguridad jurídica y el cumplimiento de los acuerdos, pero también la solidaridad, la valentía y la cooperación son patrimonio del mercado, por eso existen bienes colectivos que se pueden ofertar desde la esfera privada, como los bienes de club de Buchanan, y en otros donde la exclusión es todavía más compleja, como los faros que alumbraban las costas británicas en el siglo XIX

La ética, según MacCloskey es un sistema de virtudes, en donde virtud es un hábito de comportamiento que nos lleva al bien, al comportamiento virtuoso dentro del sistema capitalista. Según la autora estadounidense, dicho sistema de virtudes está compuesto por la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la fe, la esperanza y el amor; todas ellas imprescindibles para hacer que el capitalismo arraigue y funcione, como explicó de manera brillante Juan Ramón Rallo hace unos meses en el Free Market Road Show de Madrid. 

El amor como la capacidad para cuidar de nosotros mismos, pero también de los demás, buscando la cooperación pacífica y la armonía de los diversos intereses; la fe para confiar en todo aquello que no conozcamos y “honrar nuestra comunidad de negocios”, respetar las costumbres, tradiciones y normas de tal forma que entendamos nuestras limitaciones para no caer en la fatal arrogancia de que alguien es capaz de planificar la vida de todo el mundo; la esperanza de que vamos a ver un mundo mejor, un progreso que vendrá, pero siendo racionales; prudencia para calcular las consecuencias de nuestros actos, es el pensamiento utilitarista o el homo economicus que llevamos dentro, “comprar barato y vender caro”, perseguir el bien con talento; la templanza para controlar nuestras pasiones, es la forma por la cual nos atamos a un mástil si vienen sirenas, es lo que nos hace invertir en educación o ahorrar para acumular, es la humildad para escuchar al cliente, el no engañar, es la paciencia; la justicia para proteger la propiedad privada, para respetar los contratos, la igualdad jurídica ante la ley, para dar a cada uno lo suyo; por último, la valentía para vencer al miedo y emprender, no temer a los cambios, resistir en las derrotas y salir fortalecido, ser antifrágil.

Esas virtudes se manifiestan en muy diversas formas, por ejemplo, el amor, tal como sostenía Milton Friedman, viene dado por la responsabilidad social del empresario, esto es “haz tanto dinero como puedas al tiempo que cumples con las reglas básicas de la sociedad, tanto aquellas encarnadas en la ley como aquellas encarnadas en la costumbre ética”. En efecto, hoy en día las empresas tienen en cuenta en gran medida su riesgo reputacional, puesto que un comportamiento que ataque o ofenda a la sociedad o a un colectivo determinado puede ocasionar grandes pérdidas, así como un comportamiento virtuoso y respetuoso, por ejemplo, realizando campañas que cuidan el medioambiente, puede ofrecer grandes nichos de mercado. En un entorno competitivo, si un oferente no cumple las expectativas ya no solo a la hora de satisfacer nuestras necesidades, sino también de comportarse de manera correcta con respecto a ciertos asuntos, le retiraremos nuestro apoyo y nos pasaremos a la competencia. El capitalismo ha hecho que no necesitemos preocuparnos solo de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas y de subsistencia. Quizás no maximicemos nuestras preferencias, pero la prudencia por si sola, esto es, el homo economicus, no existe.

Lo normal en una economía de mercado es la cooperación, no la traición, porque nos enfrentamos a un dilema del prisionero, y puede que si “delatamos” a nuestro compañero ganemos el primer juego, pero luego viene el segundo, el tercero, y así sucesivamente, y lo más probable es que en esos juegos sucesivos los que no cooperen acaben expulsados y/o marginados. Todo esto viene corroborado por algunos estudios como el presentado por Bellah et al. (1985), que lejos del individualismo randiano, para una muestra de 200 personas los autores concluyen que “si de verdad existe una nutrida ‘generación Yo’, ególatra y narcisista, en Estados Unidos, al menos nosotros no la encontramos”. 

Existe una combinación de prudencia llena de humildad para no centrarse exclusivamente en uno mismo, y justicia sin renunciar a uno mismo; en fin, una idea parecida a la mano invisible de Adam Smith, en la que cuando buscamos nuestro propio beneficio, probablemente, estaremos ayudando a otras personas.

El comportamiento ético o el sistema de las siete virtudes de Deirdre MacCloskey es una guía, pero “no resuelve todos y cada uno de los problemas éticos al instante”, nos exige un “papel activo” como intérpretes. Porque los problemas éticos no se resuelven con pensar en escoger lo que “todo ser racional elegiría”, o lo que “maximice nuestra felicidad” o aquello que sería aprobado tras un “velo de ignorancia”. Lo ético, en resumen, “es un conocimiento local, no universal”, es “contingente y falible, no universal y necesario”, la moralidad “consiste en experiencia personal e instituciones sociales, no en conjuntos de proposiciones”.

Piense que en el mundo cosmopolita y burgués en el que vivimos, nunca antes habíamos disfrutado de más, y no menos, libertades, en donde la mujer es un sujeto de derecho igual de respetable que el hombre, o que los homosexuales son consideradas personas igual de importantes que los heterosexuales. Quizá, esto se debe a que en el mercado no importa tu condición y tu forma de ser, simplemente se trata de comerciar y cooperar para que todos ganen, y quien no actúe así no llegará a nada, porque renunciará a demasiado, incluida la justicia o el amor, pero también la prudencia.

Porque el capitalismo es más que dinero-capital-dinero, porque en el mercado lo importante es la supervivencia en el largo plazo, no la ganancia inmediata; y es que la evolución mercantilista se queda con aquellos que también actúan con justicia y con amor y aun así “la supervivencia (la prudencia) no es la única meta de la vida humana”, porque de lo contrario estaríamos exigiendo a nuestros hijos que “paguen por sus comidas” o le pasaríamos una factura a nuestros amigos por escucharles durante una hora.

Tampoco se puede considerar al capitalismo consumista, desde la izquierda se argumenta que las empresas nos manipulan a través de la publicidad, es decir, “la plebe” es irracional, pero si lo es para consumir, también lo debería ser para votar a partidos anticapitalistas, ¿no? Bryan Caplan da buena fe de ello. Pero, aunque esto fuera así, ¿qué hay de malo en tener más y no menos? Si consumimos es porque nos lo podemos permitir, porque lo hemos producido y porque como muchos antropólogos aseguran, es una formar de “construir nuestra identidad”. Y no, consumir menos no hará que en Venezuela u otro país “socialista y virtuoso” puedan tener más; si en Occidente consumimos es porque lo producimos, no porque lo robamos: “la fortuna está hecha de tribunales razonablemente honestos, derechos de propiedad razonablemente seguros, gobiernos razonablemente no abusivos, sistemas educativos razonablemente eficaces y el tiempo razonablemente largo para que ideas razonablemente buenas cumplan con su tarea”.

Tampoco vivimos esclavizados dentro de un mundo burgués, y si no que se lo pregunten al propio Marx, el cual “nunca trabajó en otra cosa que no fuera la filosofía y el periodismo, jamás cogió una pala a cambio de un salario ni mucho menos puso un pie en una fábrica o granja”. En el capitalismo eres libre y, por lo tanto, tienes el derecho “a sembrar lo que desees, a fabricar zapatos o abrigos, a hornear pan con la harina que obtuviste de moler el grano que sembraste, y venderlo o no venderlo según tu designio”, en resumen, tienes el derecho a “trabajar como tú quieras y no como te lo ordene” el planificador de turno. El planificador entrega los bienes que no le pertenecen a las personas, generalmente, equivocadas, por ejemplo, a los miembros del Partido.

En conclusión, seamos honestos, no podemos generalizar y etiquetar a toda persona capitalista o burguesa como una persona virtuosa, pero en la fragilidad individual encontramos la antifragilidad del sistema, a saber, “la sinceridad, mantener la palabra y servir a los demás sin resentimiento” es lo característico del mercado, y no sólo por prudencia, sino también por justicia, fortaleza, templanza, fe, esperanza y amor; solo son las personas “fuera del mundo de los negocios, no quienes están dentro, quienes piensan que es posible hacer grandes sumas de dinero engañando”, y mientras, los burgueses que se comportan de manera ética son los que acaban generan riqueza y los que prosperan, poniendo brazos, cerebros o máquinas a trabajar para producir más cosas.

2 comentários:

Anônimo disse...

Como esta bela e virtuosa visão está longe da tosquice de marx, lenin e uns mais boçais ainda, que nem os leram mas vivem repetindo certos chavões como psitacídeos!

Espero que esta nota seja lida, entre outras pessoas, por Artur Nogueira e um comentarista anônimo muito cismado com comunismo, vendo-o por toda parte e, por isso mesmo, emprestando-lhe uma competência muito acima da que ele tem na realidade.

Anônimo disse...

NÃO PRECISAMOS ALTERAR A CLT PARA A MELHORIA DAS RELAÇÕES DE TRABALHO FRENTE AO MERCADO.... BASTA UTILIZAR O MESMO PRINCÍPIO DOS SERVIDORES PÚBLICOS QUE SÃO REGIDOS PELO ESTATUTO, ASSIM CRIARIAMOS UM ESTATUTO OU LEI QUE ONERASSE MENOS A CONTRATAÇÃO DE MÃO DE OBRA... E QUE ESSA RELAÇÃO FICASSE NUM TIPO DE ACORDO ENTRE CONTRATANTE E CONTRATADO SEM A INTERFERÊNCIA DO ESTADO OU SINDICATOS... TENHO CERTEZA QUE ESSES DOIS LADOS AGRADECERIAM...