terça-feira, 29 de novembro de 2022

Descartes e o racionalismo dogmático


Hernán Bonilla explica, via Instituto Cato, o racionalismo cartesiano e os perigos do abuso da razão:


En 1637 René Descartes publicó el Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias, más conocido solo por las tres primeras palabras del título. Sería un libro llamado a marcar a fuego la historia del pensamiento en Occidente, como obra clave del racionalismo.

Fue a partir del aburrimiento de un frío día de invierno que Descartes comenzó a dudar de todo y así llegó a su célebre frase “Pienso, luego existo”. El racionalismo –que bien puede ser definido como el abuso de la razón– característico de muchos destacados autores de la Ilustración, parte de la premisa cartesiana de que todo lo que conocemos debe ser explicado a partir de la razón.

Esa no fue la forma en que se fueron edificando a través de un largo proceso descentralizado y espontáneo aspectos tan destacados de nuestra civilización como el lenguaje, el derecho o las instituciones que permitieron el desarrollo del libre mercado, pero la duda cartesiana quedó planteada. Luego vendría Rousseau a afirmar que debía ponerse un cerco alrededor del alma de cada niño para que no fuera contaminado por las tradiciones y Voltaire a sentenciar que para tener buenas leyes había que comenzar quemando todas las existentes.

Descartes planteó que “a menudo no hay tanta perfección en las obras compuestas de diversas piezas, y hechas por la mano de varios maestros, como en aquellas en las cuales uno solo ha trabajado” Uno de sus ejemplos fue Esparta, ya que explicaba su éxito en base a que sus leyes habían sido elaboradas por una única persona y por lo tanto, “tendían todas hacia el mismo fin”. Si bien el propio René advirtió, previendo quizá como podrían interpretarse sus ideas, que “no era razonable que un particular intentase reformar un Estado cambiándolo todo desde los fundamentos y derribándolo para levantarlo después”, lo cierto es que eso fue precisamente lo que creyeron muchos de sus seguidores.

Como explicó Fredrich Hayek: “Desde el período moderno de René Descartes, esta forma de racionalismo no solo desecha la tradición, sino que proclama que la razón pura puede directamente servir nuestros deseos sin su intermediación, y puede construir un mundo nuevo, una moral nueva, una legislación nueva, incluso un lenguaje nuevo y depurado, por sí misma. Aunque la teoría es sencillamente falsa, aún domina el pensamiento de la mayoría de los científicos, y también de la mayoría de los escritores, artistas e intelectuales”.

Mucho de lo más valioso para la humanidad, a contrapelo del pensamiento racionalista, no es consecuencia de la obra deliberada de ninguna persona en particular. Nuestra propia moral, para citar el cásico ejemplo de David Hume, no es producto de nuestra razón, como no lo son instituciones claves para el sostén de la sociedad que no pueden ni necesitan ser explicadas desde sus orígenes para que apreciemos su valor. El caso de Descartes es un ejemplo de los muchos que existen de una mente brillante cuyas ideas tuvieron una influencia perniciosa más allá de su elucubración original, especialmente en el desarrollo dado por algunos de sus seguidores. Las revoluciones, desde la francesa en adelante, y los intentos de ingeniería social que caracterizaron el siglo XX, así como los desvaríos voluntaristas que aún hoy sufrimos, tienen su justificación intelectual en el racionalismo cartesiano.

Este artículo fue publicado originalmente en El País (Uruguay) el 30 de agosto de 2023.

Dostoiévski, o poder do espírito.


O romancista russo responsabilizou o Ocidente por propagar o niilismo e a desesperança, afirmando que somente a "alma russa" poderia oferecer uma alternativa saudável a uma humanidade tomada pela angústia e pelo medo. Rafael Narbona para El Cultural:


Nabokov no comprendía a Dostoievski. Opinaba que sus novelas solo eran una deplorable combinación de caos y sentimentalismo. No soportaba su fervor religioso y su exaltación del pueblo ruso. A veces, las grandes antipatías surgen de secretas afinidades u obsesiones comunes. Nabokov y Dostoievski se asomaron a los mismos abismos: las pasiones desordenadas, las miserias de la razón, la impotencia ante la vida, el tacto áspero de la muerte, el filo acerado de las ideas.

Nabokov respondió a esos desafíos con escepticismo y desencanto, buscando en la literatura el orden que no apreciaba en el universo. La belleza le parecía el único consuelo al que se podía apelar desde la razón. En cambio, Dostoievski se refugió en la tradición y la fe. Responsabilizó a Occidente de propagar el nihilismo y la desesperanza, afirmando que solo el alma rusa, fiel a las enseñanzas del cristianismo primitivo, podía ofrecer una alternativa saludable a una humanidad sumida en la angustia y el miedo.

El tiempo parece haberle dado la razón a Nabokov, pero se trata de una victoria amarga, pues el desencantamiento del mundo ha producido un infortunio colosal. El hombre ha interiorizado que solo es una mota insignificante en un cosmos frío e indiferente y no percibe otro horizonte que la nada. El refinado y cínico Humbert Humbert se mofa del Príncipe Myshkin, un "idiota" que intentó obrar éticamente y al que la historia ha vapuleado sin compasión. Los libertinos han silenciado a los santos, celebrando el placer y el instante.

La carcajada estridente del Marqués de Sade es la melodía triunfante de nuestro tiempo. Nabokov no ha cesado de coleccionar "nínfulas", criaturas tan frágiles como esas mariposas que cazaba con su red y clavaba en un cartón. En cuanto a Dostoievski, se reconoce su genio literario, pero se escarnecen sus ideas. Arrodillado ante un icono, su imagen parece tan anacrónica como las reliquias de un viejo monasterio ortodoxo.

"Si Dios no existe, todo está permitido", sostiene Iván Karamázov. El actual concepto de la ética repudia esa reflexión, pues presupone que la moral es autónoma y no necesita un fundamento sobrenatural. La autonomía es un principio líquido que abona una perspectiva relativista. Si la razón humana es la única legisladora, ¿qué impide que los valores se desplacen o inviertan según las épocas? Para los héroes de la Ilíada, rematar al adversario herido y vencido no era una abominación, sino un acto virtuoso. Aquiles se compadece de Príamo, pero no lo hace por razones sentimentales.

En el mundo antiguo, perdonar al enemigo derrotado acredita magnanimidad, grandeza, no compasión. El perdón implica poder, magnificencia. Es un lujo, casi un despilfarro. No está al alcance de los débiles. Es una prerrogativa exclusiva de los grandes caudillos. Es lo que intenta explicarle Oskar Schindler al brutal Amon Göth, comandante del campo de concentración de Plaszow, en la famosa película de Steven Spielberg, pero el oficial nazi prefiere continuar satisfaciendo su instinto criminal.

Nietzsche consideraba que la magnanimidad era superior a la compasión. Su filosofía es un intento de restaurar la moral de Odiseo, Aquiles y Áyax el Grande. El superhombre es magnánimo, pero no compasivo. El filósofo alemán admiraba a Dostoievski por su intuición psicológica, por su capacidad de describir el paisaje interior de un hombre atormentado, por su recreación del resentimiento, la impotencia y el nihilismo. Estaba de acuerdo en que si Dios no existía, todo estaba permitido, pero no le desagradaba que fuera así, pues pensaba que la legitimidad de la moral procedía de la fuerza y no de sentimentalismos decadentes y opuestos al sentido ascendente de la vida.

Nabokov no es un filósofo, pero comparte con Nietzsche el desprecio por la tradición judeocristiana. No piensa que el hombre sea algo sagrado. No pretende invertir los valores. Simplemente, cree que no existen. Humbert Humbert deshumaniza a Lolita sin que le estorbe la mala conciencia. En cierta manera, es el heredero del Marqués de Sade, pues interpreta la vida como juego, exceso, éxtasis. Ni siquiera está cerca de Raskólnikov, pues este mata a la usurera para liberar a su hermana de un matrimonio indigno. Lolita no es simplemente una víctima. Simboliza la destrucción de la inocencia en un entorno contaminado por la frivolidad, el hastío y el cinismo.

En Los demonios, Dostoievski también aborda el tema de la inocencia profanada, pero no desde la perspectiva de Nabokov, sino desde el prisma de Nietzsche. Stavroguin viola a Matryosha, una niña de once años —la edad de Lolita— para demostrar que puede usurpar el lugar de Dios, decidiendo sobre la vida y la muerte de los otros. No acepta ningún mandato externo, pues cree en la autonomía absoluta de su voluntad. No comete su crimen con placer morboso, como Humbert Humbert, sino con desgana y hastío. "Su malignidad —explica Dostoievski— era fría, tranquila y, si se puede decir así, racional; por tanto, la más repugnante y terrible de entre todas las posibilidades".

Su regla de oro es que no existen ni el bien ni el mal. Las categorías morales solo son prejuicios. Sin embargo, no puede evitar sentir lástima por su víctima, un sentimiento que lo enloquece y acaba llevándolo al suicidio. Humbert Humbert jamás conocerá el remordimiento. Solo le aflige la frustración de haber perdido a Lolita y, lejos de quitarse la vida, asesinará a Clare Quilty, otro perverso y el hombre que le ha arrebatado a su "nínfula".

Stavroguin pertenece a esa aristocracia educada en Occidente incapaz de comprender el alma del pueblo ruso. Por el contrario, María Lebyadkin, su esposa enferma y virginal, encarna las virtudes de ese pueblo desdeñado por los intelectuales y las clases altas. Inocente y sin malicia, su religiosidad desprende una sabiduría ancestral. Para ella, "la Madre de Dios es la gran madre, la tierra húmeda".

La obligación del ser humano es cuidar y cultivar esa tierra para que proporcione frutos. Para Dostoievski, la salvación de la humanidad solo puede venir de la fe sencilla del pueblo, que inspira hermosos gestos como la de esa niña de diez años que le dio una limosna cuando se hallaba deportado en Siberia y tiritaba de frío en una estación de tren en compañía de otros condenados. Conmovida por su miseria, la niña, una pobre campesina, se desprendió de una moneda, depositándola en su mano y le dijo: "Por el amor de Cristo".

En la estepa, Dostoievski aprendió que cuando el hombre pierde toda esperanza, se convierte en un ser abyecto o muere de dolor. Hijo de su siglo, todas las dudas y vacilaciones se disolvieron con el hambre, el frío y los malos tratos. Su conversión no se debió a una convicción racional, sino a un impulso del corazón semejante al de Kierkegaard, que descartó la posibilidad de la certeza en el terreno de lo espiritual. "Si alguien me demostrase que Cristo está fuera de la verdad, y que, en realidad, la verdad está fuera de Cristo —escribe Dostoievski—, entonces preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad".

Nabokov detestaba ese razonamiento, pues no creía en Cristo ni en la verdad. Al igual que Stavroguin, pertenecía a la élite educada en la cultura occidental. Con Humbert Humbert no quiso desafiar a Dios, sino mostrar cómo era el mundo realmente: un teatro donde no hay reglas morales universales ni permanentes, sino juegos perversos. Como Sartre, opina que el amor es una ilusión. Solo existe el deseo, que nos cosifica. De ahí que los otros sean el infierno.

Su mirada nos deshumaniza, pues solo aspira a la dominación y el sometimiento. Lolita es el ser humano abandonado a su suerte, una criatura a la que le han despojado brutalmente de su inocencia y que ya no espera nada de sus semejantes. De hecho, acabará asumiendo el cinismo de los adultos que han abusado de ella.

Dostoievski advirtió que la razón escondía grandes peligros. Stavroguin se convierte en un violador por un exceso de racionalidad. Humbert Humbert no parece tan racional, pero en el fondo comparte la convicción de que el bien y el mal son conceptos relativos y, por tanto, intercambiables. Dostoievski, al que se lee sobre todo por sus dotes como psicólogo y su capacidad para recrear experiencias como la soledad, la locura o el desamparo, prefirió dejar de lado la razón y confiar en el poder del espíritu.

Su fe siempre soportó el acecho de la duda, como cuando contempló en Basilea el Cristo muerto de Hans Holbein y casi sufrió una crisis epiléptica, pues solo advirtió en la imagen impotencia, dolor y miseria. Sin embargo, luchó contra esa impresión y prefirió aferrarse a la idea de que Cristo realmente era el camino, la verdad y la vida.

En nuestros días, el materialismo parece haber derrotado al espíritu, pero esa victoria no ha traído paz, sino desesperación. Sartre, Camus, Cioran, no ofrecen al ser humano otra salida que la náusea, el pesimismo o el sarcasmo. Dostoievski, con su mensaje de fe y esperanza, tal vez resulte incomprensible o irritante para los que reducen la verdad a evidencias empíricas, pero aún sigue reconfortando el alma de los que no pueden aceptar la idea de que el hombre solo sea un ser para la muerte.

Eutanásia: sabemos como começa, não sabemos como termina.


Queiramos ou não, abrir a porta à Eutanásia conduz-nos inevitavelmente à tentação de valorizar alguns, descartando outros. Raquel Abecasis para o Observador:


Há coisas na vida que a vida desconhece. E a primeira delas é a origem da vida, o seu curso e o seu fim. É por isso que entendo que decidir sobre a nossa vida ou a vida dos outros é algo que nos deve estar vedado. Decidir sobre o que nos foi dado de mais precioso e que em grande parte desconhecemos é, no mínimo, brincar com o fogo.

Numa época em que discutimos a sustentabilidade e o destino do planeta. Em que nos preocupamos com direitos humanos e inclusão, defendendo que todos devemos ser respeitados tal como somos, porque todas as vidas podem e devem ser respeitadas, é anacrónico avançarmos para legislar sobre um suposto direito que não nos pertence: o direito de dar ou tirar a vida, o direito de decidir sobre a utilidade do tempo de vida que, insisto, não depende da nossa decisão, mas de fatores que não controlamos.

Portugal é um país pobre e desigual. Cada vez mais pobre e cada vez mais desigual. Todos os dias nos chegam indicadores de como estamos mais dependentes de ajudas externas e mais incapazes de dar resposta aos nossos problemas. Dos mais básicos (como o acesso à saúde), aos mais complexos (como criar condições para que este país se desenvolva economicamente). É num país assim, com quarenta por cento da população em situação de pobreza, que nos preparamos para abrir uma porta enganadora. Em que a antecipação do final da vida pode facilmente surgir como a solução mais fácil para os próprios ou para terceiros.

Bem sei que a lei da Eutanásia que se prepara para ser aprovada no Parlamento é uma lei supostamente cautelosa e restritiva. Mas também sei, e é fácil comprovar (basta estudar os exemplos onde esta lei está em vigor, como a Bélgica ou a Holanda), que o que começa com pequenos passos, rapidamente evolui para outros caminhos. Até porque haverá sempre outros grupos, que não serão abrangidos por esta primeira versão da lei, que exigirão os seus direitos mais tarde ou mais cedo.

A Eutanásia está para uma sociedade, como a utilização de armas atómicas está para o mundo: sabemos como começa, desconhecemos por completo como termina. Sabemos apenas que termina mal, muito mal, sem que haja uma previsão de quem se salva e como se salva.

Tenho fé e a certeza de que a vida é sagrada, seja em que estádio for do seu desenvolvimento. Mas acho que não é preciso ter fé para reconhecer que a vida não é um bem que esteja ao nosso dispor, por isso mesmo o direito à vida é um direito protegido constitucionalmente nos quatro cantos do mundo.

Esta semana, os defensores das grandes causas modernas da atualidade, em nome dos direitos humanos, vão aprovar uma lei que põe em causa o principal direito humano consagrado internacionalmente: o direito à vida. Entendo que na fúria de garantirem todos os direitos e todas as liberdades, os promotores desta lei estejam convencidos que estão a dar mais um passo em direção a uma sociedade de progresso. Tenho pena que a sua sede progressista os impeça de estudar a sério o que se está a passar nos países, raros, em que esta lei está em vigor. Se o fizessem perceberiam rapidamente que esta lei é inibidora da liberdade de muitos e contribui para uma sociedade em que a vida é cada vez mais avaliada pela sua utilidade aparente, deixando de fora todos os que não encaixam nesse cliché. Queiramos ou não, abrir a porta à Eutanásia conduz-nos inevitavelmente à tentação de valorizar alguns, descartando outros.

PS: A revolta dos papéis brancos que por estes dias se desenvolve na China prova como, por mais elaborados que sejam os sistemas políticos, não é possível controlar o homem e a sua liberdade. Na mesma altura em que Xi Jinping se autoconsagra líder eterno dos chineses, contra todas as expetativas e arriscando a própria vida, milhares de chineses fazem ouvir a sua revolta contra um sistema que os quer controlados e fechados em casa.

Não sei o que será o desfecho desta revolta. Talvez acabe com acontecimentos trágicos como os da praça Tiananmen em 1989. Mas o que os protestos do povo chinês nos dizem é que a liberdade humana é um valor pelo qual o homem está disponível a dar a vida. Do outro lado estão os que preferem tirar a vida para manter o poder.

Entre o Maracanaço e o 7 a 1, a militância chegou ao futebol.


A despeito dos progressistas, a seleção jogou coesa. Como um jogo é mais que um somatório de gols, cabe frisar que nosso país voltou ao campo em grande estilo, com um gol cuja beleza não cabe em cálculos. Bruna Frascolla para a Gazeta do Povo:


Se eu quisesse fazer demagogia e posar de escritora do povo, poderia dizer com frequência que uma das descrições sociais mais sagazes que já ouvi foi numa lotação em Itaparica. Um velho, torcedor do Vitória, chorava as pitangas assim para o outro passageiro: “Hoje em dia está tudo mudado. Um homem pode mudar de mulher, pode mudar de religião… Pode mudar até de sexo!! Mas não pode mudar de time. Por quê?” De fato, o velho nascera antes do governo Geisel, que liberou o divórcio. Viveu o suficiente para pegar a ascensão dos evangélicos no Brasil, depois da qual as pessoas pulam de religião em religião como de galho em galho. E nos dias de hoje, o credo laico oficial diz que homens podem virar mulheres e vice-versa. E ai de quem discordar! Em meio a tudo isso, porém, uma coisa persistia: o futebol. O sujeito poderia largar a esposa, trocar de religião, virar mulher e casar de novo, mas o time não mudava. Por isso um velho torcedor do Vitória estava fadado ao sofrimento.

Não sei se essa estabilidade futebolística foi passada adiante, e creio que não. Quem foi que predestinou o vascaíno ao sofrimento? Quase sempre o pai dele, e na infância. O próprio pai é vascaíno porque o pai dele, já finado, o iniciou no Vasco. E assim sucessivamente, até a geração de brasileiros que começou a gostar de futebol lá pelos anos 40 ou 50 (o Brasil ganhou a primeira copa em 58). Os times mais tradicionais costumam ser do final do século XIX, mas nessa época o ludopédio (ou football) ainda era um esporte de elite.

Muitas alterações ocorreram de lá para cá. Um deles foi no futebol mundial, com os clubes ricos da Europa absorvendo jogadores do mundo. O Brasil hoje tem orgulho e tradição bastantes para que os jogadores não se naturalizem e joguem por seleções europeias, como os africanos que às vezes enfrentam as seleções do próprio país natal. Mas sem dúvida um campeonato inglês cheio de jogadores brasileiros tem um futebol mais animado do que os campeonatos brasileiros. Outra mudança é tecnológica. Mesmo que tenham pai em casa, as crianças ficam muito tempo defronte de telas, comungando de uma cultura diferente da dos seus pais. Assim, na melhor das hipóteses, a quarta ou quinta geração de vascaínos terá um torcedor do Vasco e do Barcelona. Ao menos o pobre poderá aliviar o coração.

Derrotismo até em 58

Para tentar pegar essa cronologia, o que me ocorre é o artigo “Complexo de Vira-Latas”, de Nelson Rodrigues, escrito às vésperas do início da Copa de 58. Segundo conta, os brasileiros estavam derrotistas graças à copa de 50, quando o Brasil perdeu do Uruguai na final por 2 a 1, em casa, de virada. Ou seja: os brasileiros passaram a Copa seguinte com o rabo entre as pernas e em 58 ainda faziam questão de dizer que o Brasil ia perder. “Os jogadores já partiram e o Brasil vacila entre o pessimismo mais obtuso e a esperança mais frenética”, dizia ele. “Nas esquinas, nos botecos, por toda parte, há quem esbraveje: - ‘O Brasil não vai nem se classificar!’. E, aqui, eu pergunto: - não será esta atitude negativa o disfarce de um otimismo inconfesso e envergonhado?”

De fato, em meio a qualquer crise de nervos referente ao país, seja na seara esportiva ou política, sempre tem quem corra para jogar a toalha e dizer: “Este país não vai para frente mesmo!” Se de direita, ainda vai reclamar que a direita brasileira não vai para lugar nenhum. Mas entre uma proclamação de fracasso e outra, compartilha esperançoso um boato sobre a mais nova movimentação dos militares, ou sobre uma declaração bombástica. Para mim, está muito claro que viralatismo é como relação aberta: o sujeito que tem medo de chifres inventa um modelo de relação que impossibilita conceitualmente o chifre. O vira-lata complexado faz questão de crer que o Brasil vai dar errado, de modo que é impossível ter uma amarga frustração. Seríamos um povo ansioso?

O Maracanaço e o 7 a 1

Seria chover no molhado afirmar que ansiedade é ruim e põe as coisas a perder. De todo modo, nosso estado de espírito futebolístico está melhor em 2022 do que em 58, apesar de o 7 a 1 de 2014, em casa, ter sido pior do que o Maracanaço de 50. Levamos uma Copa para recuperar o moral e voltar a torcer efusivamente. Ganharemos? O começo foi auspicioso: uma vitória sobre a Sérvia com um lindo gol de bicicleta. Foram dois gols, mas se fosse só um, lindo, já bastava. Por outro lado, se fossem os sete gols da Espanha, não nos comoveríamos tanto. Queremos quantidade bastante para ganhar, mas não nos satisfazemos com isso. O futebol brasileiro, que quer não só a vitória, como a beleza, está de volta.

Tentando derrotar o derrotismo, Nelson Rodrigues começava apelando para o patriotismo: “Mas vejamos: - o escrete brasileiro tem, realmente, possibilidades concretas? Eu poderia responder, simplesmente, "não". Mas eis a verdade: - eu acredito no brasileiro, e pior do que isso: - sou de um patriotismo inatual e agressivo, digno de um granadeiro bigodudo.” (Escrete é como chamavam a seleção na época.) Muito bem, estou com ele. Patriotismo é dever; frustração é inerente à vida, sobretudo a adulta. No entanto, cabe avaliar o que temos, a fim de aplacar a ansiedade e moderar as expectativas. Continua ele: “Tenho visto jogadores de outros países, inclusive os ex-fabulosos húngaros, que apanharam, aqui, do aspirante-enxertado Flamengo. Pois bem: - não vi ninguém que se comparasse aos nossos. Fala-se num Puskas. Eu contra-argumento com um Ademir, um Didi, um Leônidas, um Jair, um Zizinho.”

Dos nomes à política

Os nomes variam, mas o brasileiro segue tendo-os na ponta da língua. Da ponta da língua vai para o registro civil, com o pai entusiasmado batizando o filho com nome de artistas da bola. Vejam vocês que esse Jair da Copa de 58, nascido em 44, já devia ser Jair por causa do Jair da Copa de 50, nascido em 21, que nos anos 40 e 50 foi ídolo de times paulistas e fluminenses. Esse Jair pode ter inspirado o pai de um jogador da primeira seleção brasileira campeã, e sabidamente inspirou o pai de um presidente da República.

O resultado involuntário é uma manobra similar à dos cangaceiros, que adotavam o nome do morto para simular imortalidade. Um jogador morre ou aposenta, aparece outro com o mesmo nome. Mas o caso dos Richarlisons é diferente. O Richarlyson com Y, nascido em 82 no Rio Grande do Norte, foi confundido com Richarlison com I, nascido em 97 no Espírito Santo. O primeiro ainda era jogador juvenil quando o segundo nasceu, então não pode ter sido homenagem.

A confusão foi importantíssima porque o Richarlyson com Y se declarou bissexual. Uma colunista do Uol foi rápida em comemorar que um “LGBT antibolsonarista” tenha salvado o jogo. “Assim até torço pelo Brasil. Viva Richarlison!”, complementou, antes de apagar o tuíte.

Não demorou muito para a internet descobrir que havia dois Richarlisons e que o LGBT estava aposentado. No entanto, a ideia de um antibolsonarista fazendo gol de bicicleta era boa demais para ser largada. A situação dos progressistas foi resumida pela youtuber Débora Luciano: “Richarlison (com i) é de esquerda ou de direita? Confira a difícil questão da militância progressista para decidir se apoia o jogador ou se deseja sua morte.”

Futebol individual

Senhoras e senhores, muito se fala da desagregação familiar e da ruptura social, mas ninguém poderia imaginar a desagregação futebolística. Como o senhor itaparicano bem percebeu, o futebol é a derradeira instituição sólida deste país. É mais sólido do que o casamento e a religiosidade. Agora, porém, os progressistas, em sua sanha desagregadora, conseguiram inventar a torcida individual. Não dá mais para torcer pelo Brasil, mas somente para Richarlison, mediante suas supostas credenciais LGBT e antibolsonaristas. E a colunista do Uol não é caso isolado. Alguns veículos de imprensa noticiaram que a equipe de transição comemorou três vezes durante a partida: nos dois gols e na saída de Neymar, contundido.

Essas bestas quadradas não sabem o que é um time. Simplesmente não é possível torcer apenas para um indivíduo num time, ou contra um indivíduo num time. Futebol não é uma disputa de pênaltis. Torcer por um único atleta de um único time, contra outro membro do mesmo time, é como ir ao concerto de uma orquestra sinfônica para ouvir só um violino e torcer que um oboé desafine. É como dizer que gosta de cozido, mas do cozido só prestam as batatas e o resto é dispensável.

Quando a pessoa está tão obcecada pelo individualismo e pela uniformização, o resultado é esse. Fica incapaz de conceber a sincronia que é requisito para qualquer atividade conjunta. Um time de futebol é mais que um somatório de indivíduos. Thatcher dizia que não existe sociedade, existem somente indivíduos. Esses esquerdistas anglófilos levam Thatcher muito a sério e acreditam que tudo é somatório de indivíduos, até futebol. Basta tirar Neymar e substituir por outro indivíduo, que tudo vai funcionar tão bem quanto antes. Não vai. Um time é um time, uma sinfonia é uma sinfonia, um cozido é um cozido. Um conjunto é mais que um somatório de itens.

A despeito dos progressistas, a seleção jogou coesa. Como um jogo é mais que um somatório de gols, cabe frisar que nosso país voltou ao campo em grande estilo, com um gol cuja beleza não cabe em cálculos. E como patriotismo é dever, tenhamos fé na força moral da seleção sobre o nosso povo, que é muito superior a esses mentecaptos que ora ocupam o CCBB.

Loucura: sermão sobre "Jesus trans" é aprovado pela igreja anglicana.


Acadêmico usa obras medievais para defender a tese de que Cristo tinha um “corpo trans” e a chaga no lado “tinha decididamente uma aparência vaginal". Vilma Gryzinski:


“A interpretação foi legítima, concorde-se ou não com ela”, garantiu Michael Banner, reitor do Trinity College, um dos componentes mais tradicionais de Cambridge.

E a tese de doutorado do “interpretador”, Joshua Heath, estudante de teologia, foi supervisionada pelo ex-arcebispo da Cantuária, Rowan Williams.

A volúpia com que a Igreja Anglicana abraça o pensamento mais politicamente correto possível é um dos motivos que leva ao encolhimento acelerado dessa religião única, criada pelo rei Henrique VIII – também o patrono do Trinity College – e disseminada pelo mundo através do colonialismo britânico.

Mas apresentar a tese do “Jesus trans” num sermão na esplêndida capela gótica da faculdade foi demais até para os fiéis que, valorosamente, continuam a frequentar a igreja. Alguns disseram “heresia” e um escreveu ao reitor Banner para dizer que deixou a igreja “em lágrimas”.

Convidado pela igreja, Joshua Heath apresentou reproduções de três pinturas durante seu sermão herético. A mais conhecida é a Pietà Redonda de Jean Malouel, nome afrancesado de um artista proveniente do que hoje é a Holanda que se tornou pintor contratado pelo duque da Borgonha.

A pintura, exposta no Louvre, tem uma característica incomum: mostra Deus Pai amparando o filho na descida da cruz, sob o olhar do Espírito Santo. Obviamente, não foi a representação da Santíssima Trindade que interessou Heath, mas o corpo mais longilíneo de Jesus, uma característica da Idade Média – o Cristo fisicamente mais forte surgiu no Renascimento, com inspiração nas obras da Antiguidade clássica.

“No corpo simultaneamente masculino e feminino dessas obras, se o corpo de Cristo também sugere o corpo dos corpos, então seu corpo também é trans”, elaborou Heath.

Ele também afirmou que o corte no flanco, uma das Cinco Santas Chagas, “assume uma aparência decididamente vaginal”. O sangue descendo para a região da virilha foi outro “argumento” do teólogo.

O episódio foi relatado ao jornal The Telegraph pelo fiel anônimo que mostrou a carta enviada ao reitor do Trinity College, na qual se declara revoltado “com a ideia de que, ao abrir um buraco num homem, através do qual ele é penetrado, ele se torna mulher”.

Banner respondeu defendendo o sermão e a ideia de que refletir “sobre o corpo masculino/feminino de Cristo nos oferece meios de pensar a respeito de assuntos envolvendo questões atuais sobre transgêneros”.

Em ambientes acadêmicos, ideias assim fazem parte do dia a dia do cardápio “woke”. Instituições tradicionais como Cambridge e Oxford, que se aproximam do primeiro milênio de existência, copiam, como tantas outras, tudo o que vem das universidades americanas e acrescentam suas próprias criações.

Uma das mais recentes e bizarras é incentivar os estudantes de alemão, que tem gêneros como o português, a usar uma linguagem neutra.

“Minha primeira reação foi que o Monty Python estava de volta”, disse ao Times de Londres um integrante da Associação de Língua Alemã, Oliver Baer.

Só para lembrar: o grupo humorístico satirizou impagavelmente um personagem da época de Jesus, em A Vida de Brian (o próprio Cristo é mostrado, de longe numa cena respeitosa da Crucificação).

Ambientes universitários precisam ser o espaço de ideias arrojadas, mas hoje acontece um fenômeno anti-intelectual: arrojo só é admitido quando se enquadra nos mandamentos “woke”, como uma tese sobre um Cristo trans.

A vontade de se formatar segundo os modismos dominantes talvez explique o resultado de uma pesquisa sobre o perfil sexual com estudantes de Cambridge: menos da metade – 49,7% – se declararam heterossexuais.

Bissexuais foram 29,7% e homossexuais, 11,9%. Os demais deram respostas alheias à pergunta. Ou talvez estivessem apenas fazendo graça, da mesma forma que devem achar o máximo uma tese que ofenda cristãos – e, claro, apenas e exclusivamente a eles.

O cristianismo floresceu como uma religião universal e inclusiva, acima de etnias e tribos. Em trezentos anos, a “religião dos escravos”, como ironizavam os romanos, chegou ao primeiro imperador de Roma. Acolher os humildes e discriminados foi uma tática vencedora.

Hoje, numa era em que a religião dominante no Ocidente encolhe e perde a força, dizer que Jesus foi palestino, negro, gay, comunista ou, agora, trans, não significa que os braços da igreja estão abertos para todos, mas que a política identitária virou, ela mesma, uma religião laica.

segunda-feira, 28 de novembro de 2022

'Das Kapital', sempre! Descapitalizar, nunca!


O PCP é tão bem gerido que teria lugar num daqueles índices da Bolsa. Podia perfeitamente ser a empresa estrela do PSICOPATA-20. José Diogo Quintela para o Observador:


Estive a fazer contas e reparei que há quase 6 meses que não me alivio aqui de um pouco de anti-comunismo primário. É imenso tempo. De vez em quando, convém vazar o caixote de anti-comunismo, não vá o mais antigo começar a encrustar-se nas paredes. Depois só sai com aguarrás. Confesso que não percebo esta minha preguiça em fazer pouco de comunistas. É capaz de ser fastio. Há demasiadas razões para ser anti-comunista e eu pareço uma criança no corredor de bolachas de um supermercado (num país não comunista, claro). É tramado escolher. Por exemplo, como estamos em Novembro, posso recordar algumas façanhas do comunismo que se comemoram neste mês, como a Revolução Russa (um sucesso!), o Holodomor (idem!) ou o 25 de Novembro (não correu tão bem na altura, mas agora diz que é vintage). Além dessas efemérides, há a recente nomeação de Paulo Raimundo para vencedor das eleições para Secretário-Geral, a que se juntou a polémica em torno da sua biografia e do uso do termo “operário” para descrever um “burocrata” – o que, francamente, só escandalizou quem ainda não tinha percebido que o PCP também usa “operação” para “guerra” e “democracia” para “Coreia do Norte”.

No frenesim mediático a que Paulo Raimundo teve de se submeter para passar de “aquele desconhecido careca que é o novo boneco de ventríloquo da Comissão Política do Comité Central” para “aquele careca chamado Paulo que é o novo boneco de ventríloquo da Comissão Política do Comité Central”, destacou-se esta afirmação, no podcast “Perguntar não ofende”: “Não temos qualquer país capitalista no mundo, desde o mais pequeno ao maior, que tenha tido o objectivo concretizado de acabar com a fome. É um facto. A China, independentemente da forma como olhamos para ela, este objectivo foi traçado e foi concretizado”. Foi uma declaração que mostrou as dificuldades que Paulo Raimundo, com pouca experiência em lidar com a comunicação social, ainda tem em fazer-se entender. Houve quem achasse que Paulo Raimundo tinha dito que não havia fome na China, o que é uma crítica injusta, pois nem o mais aldrabão dos comunistas seria capaz de tentar impingir essa peta. Obviamente, o que Paulo Raimundo pretendia dizer era que a China acabou com a fome, no sentido em que já não a utiliza como ferramenta política. Essa já é uma declaração aceitável. De facto, há algum tempo que o PCC não mata de fome propositadamente. Até porque agora dispõe de outros meios mais discretos. No, fundo, a China não acabou com a fome. Deixou foi de causar a fome. Paulo Raimundo vai aprender a navegar estas subtilezas semânticas que são a base da comunicação do marxismo-leninismo.

Porém, se tiver de eleger um predilecto, não é nenhum destes temas que hoje anima o meu anti-comunismo primário. É antes esta notícia do Expresso, de dia 18: “Cortes de pessoal ajudam finanças do PCP”.

Trata-se de uma notícia tão favorável para o PCP, que podia perfeitamente estar no caderno de Economia. Começa logo pelo título. “Cortes de pessoal ajudam finanças do PCP” é jargão financeiro para o habitual estribilho “o capital expropria o trabalho”. Só que, desta vez, apresentado como aspecto positivo. Depois, logo a abrir, somos informados que “o PCP gastou, no ano passado, €2,6 milhões para pagar os salários dos seus funcionários, o que representa uma quebra de 17% face ao ano anterior”. Ou seja, o PCP está a despedir gente. Por outro lado, “(…) foi também graças a esta redução que as contas do PCP apresentaram, em 2021, um recorde estatístico e um saldo positivo de €1,6 milhões”. Ou seja, o PCP está a despedir gente e isso é muito bem jogado. Incrível. Está explicado porque é que o patronato nunca votaria nos comunistas para liderarem o país: os patrões querem os comunistas livres de incumbências, para os poderem contratar para as suas empresas. Uma companhia gerida pelo camarada responsável pelas contas do PCP não só dá lucro, como não tem contestação laboral.

O máximo que se ouviu a um funcionário do PCP foi, curiosamente, ao próprio Paulo Raimundo, na RTP, a lamentar o que o aumento da prestação da casa vai fazer ao seu orçamento doméstico. Recorde-se que o salário de um colaborador do PCP anda à volta dos 750 euros líquidos. Quer dizer, na realidade é um pouco menos. Segundo o Expresso, “Este ano, o partido vai mais longe e propõe, «com a mesma audácia e confiança», que os militantes entreguem «um dia de salário ao partido», a somar à quota habitual que já pagam (e que tem como referência 1% do ordenado), mais a contribuição sindical (com o mesmo valor de referência) e a obrigatória assinatura do «Avante!», que custa €64 por ano ou €65 para quem preferir a versão digital.” Ora, se um dia de salário são 34 euros (750 euros a dividir por 22 dias úteis), 1% do ordenado são 7,5 euros e a assinatura do Avante! vale 5 euros por mês, tudo somado dá 46,5 euros. Logo, na realidade, um funcionário do PCP, responsável por andar a entregar panfletos a exigir o aumento do salário mínimo para o valor digno de 850 euros, acaba por receber uns indignos 703,5 euros. Conseguir que um funcionário funcione assim é uma medida de gestão que tem de ser ensinada num daqueles MBA caros na Nova School of Business and Economics and Stuff. O CFO do PCP devia andar a fazer palestras sobre liderança motivacional. Se pensar no dízimo que pode sacar dos cachês, de certeza que o Partido não se opõe.

A mestria da gestão comunista também se vê nestes indicadores económicos: embora a redução da despesa com funcionários entre 2005 (primeiro ano da liderança de Jerónimo) e 2021 tenha sido de 41% (de 4,5 para 2,6 milhões de euros), a redução do património global do PCP no mesmo período foi de apenas 19% (de 23,3 para 18,7 milhões de euros – atenção, que estes valores são aquelas ninharias que aparecem na factura do IMI, nem sequer são os valores que se obtêm no mercado. Na realidade, estes 18 milhões devem ser alguns 180 milhões que o PCP tem em prédios). O que quer dizer que, sem levantar ondas, o PCP foi mandando malta para a rua em vez de descapitalizar um bocadinho só para preservar postos de trabalho. Aqui se vê o génio dos comunistas. Mantêm a fortuna ao mesmo tempo que correm com empregados – que, ainda por cima, são famosos por serem particularmente contestatários. Por exemplo, bastava o PCP vender um imóvel por 750 mil euros (valor patrimonial de 100 mil euros), ainda ficava com muitos milhões, e só essa operação dava para pagar a 71 funcionários durante um ano. Era muito giro, mas o que é que o Partido ganhava com isso? Assim, consegue fazer o mesmo trabalho com menos gente e, ao mesmo tempo, aumenta o número de desempregados para poder atirar à cara do Governo. É juntar o útil ao agradável.

O PCP é tão bem gerido que, se quisesse, tinha lugar num daqueles índices bolsistas, tipo NASDAQ-100 ou S&P-500. Podia perfeitamente ser a empresa estrela do PSICOPATA-20.

Charlie Brown e sua turma eram crianças que falavam sobre assuntos de adulto


Charles Schulz criou personagens que debatiam da ameaça nuclear à Guerra do Vietnã a luta pelos direitos civis. João Pereira Coutinho para a FSP:


Bato essas linhas ao som de jazz, escutando o álbum de Natal dos "Peanuts". Era inevitável. Passam cem anos do nascimento de Charles M. Schulz, o criador de Charlie Brown e companhia. Nunca fui um fã de quadrinhos. Amigos de geração foram alimentados a Asterix e Tintim. Não eu. Exceto se falarmos dos "Peanuts".

Quem me conhece dirá que era quase inevitável. Melancolia é o meu nome do meio. Charlie Brown é o irmão mais velho, ou mais novo, que nunca tive: sua angústia existencial casava bem com a minha.

Mas os "Peanuts" também valem a pena pelo retrato histórico. Da ameaça nuclear à Guerra do Vietnã, sem esquecer a luta pelos direitos civis, as crianças debatem os assuntos como se fossem adultos, embora não seja fácil determinar a posição política do próprio Schulz. Suas opiniões são dotadas de uma ambiguidade que permite interpretações mil (e equívocos idem).

É precisamente essa dimensão ideológica que Blake Scott Ball apresenta no mais brilhante livro sobre o assunto, "Charlie Brown’s America: The Popular Politics of Peanuts".

Charles Schulz definia-se como um "liberal", mas usava o termo num sentido antigo, apelando para suas dimensões de civilidade e tolerância. Seus personagens são frágeis na sua humanidade e ninguém é tão frágil como Linus, que transporta seu "cobertor de segurança" para todo lado.

Explica Scott Ball que "cobertor de segurança" também tinha um significado militar durante a Guerra Fria: era usado como referência ao programa nuclear americano.

Linus subverte esse significado para mostrar a ansiedade que passou a dominar a sociedade americana perante a possibilidade de aniquilação total. Será isso que explica o interesse crescente de Linus pela Bíblia, como se apenas a Cidade Celeste nos pudesse salvar?

A religião está presente nos "Peanuts", sim, mas também de forma ambígua. Em 1962 e 1963, lembra Scott Ball, a Suprema Corte decidiu proibir as escolas públicas de imporem orações e estudos bíblicos aos alunos. Isso horrorizou a falange evangélica.

Charles Schulz, ele próprio crente, desenhou o assunto: vemos Sally Brown entrando em casa para falar em segredo com o irmão Charlie. Quando estão a sós, ela conta em voz baixa: "Hoje rezamos na escola!".

A tirinha foi aplaudida pelo fervor dos evangélicos: ali estava Schulz a defender os cristãos perseguidos!

Na verdade, era o contrário: Schulz apenas mostrava como era ridícula a conversa da perseguição. E acrescentou, em entrevista: a oração é um assunto pessoal, não um número teatral em espaço escolar.

Esse, aliás, era um dos males da América: a confusão permanente entre patriotismo e cristianismo —uma confusão que, nem de propósito, está de volta ao conservadorismo nacional americano. (E brasileiro, já agora.)

Mas é sobretudo na luta pelos direitos civis que os "Peanuts" se destacam. Como esquecer Franklin, a criança negra que convive com a restante turma?

Só agora, lendo o livro de Scott Ball, entendi a importância que Franklin teve na década de 1960 para os leitores negros, que aliás pediram a Schulz o personagem (hoje, Schulz seria acusado de "apropriação cultural"; ah, o progresso...).

A tirinha de estreia de Franklin é simples e devastadora: Charlie Brown brinca na praia; Franklin aparece; ambos constroem um castelo de areia; Charlie convida Franklin para ir lá em casa. Nada de mais?

Tudo demais. Praias, cinemas, salas de aula eram territórios em disputa na luta contra a segregação racial. Franklin vai aparecer em todos esses espaços e será tratado pelas crianças como apenas mais uma criança. É a "color-blindness" das tirinhas que é verdadeiramente revolucionária.

Finalmente, a Guerra do Vietnã. Como apoiar os rapazes que combatiam longe e, ao mesmo tempo, condenar uma guerra ilógica e imoral?

Snoopy foi a resposta, com seu capacete e óculos de aviador, imaginando-se na Primeira Guerra em perseguição ao temível Barão Vermelho. Quantas alegorias numa só tirinha!

Para começar, falamos da Primeira Guerra, não da Segunda: em 1914 não havia a limpidez moral de 1939.

O Barão Vermelho, sempre fugidio e traiçoeiro, era a metáfora perfeita do Vietcong, que agia com igual astúcia. E Snoopy era a encarnação do governo americano: obsessivamente perseguindo a vitória e frustrado pelos resultados.

Guerra ao carro: grandes cidades fazem tudo para infernizar motoristas.


Zonas de exclusão e pedágios são alguns instrumentos usados por prefeitos de esquerda para cobrar taxas que tornam impraticável o uso de veículos. Vilma Gryzinski:


“É claro que não”, disse o prefeito de Londres, Sadiq Khan, negando que esteja movendo uma guerra aos motoristas. “Não somos contra as pessoas que precisam se mobilizar com veículos por nossa cidade: eletricistas, encanadores, floristas”.

É claro que o prefeito está mentindo. A expansão da Zona de Emissões Ultrabaixas, ULEZ, na sigla em inglês, de forma a abarcar toda a Grande Londres a partir de 29 de agosto, é um golpe a mais para quem depende de carro para ir trabalhar, prestar serviços entre vários endereços, levar os filhos à escola ou simplesmente desfrutar do sentimento de independência, conforto e proteção contra os elementos que um veículo próprio oferece.

A taxa de 12,50 libras por dia (seis vezes mais em reais) abrangerá cerca de 160 mil carros de modelos mais antigos, com níveis de emissão maior – ou seja, exatamente as pessoas de renda mais baixa. Por mês, são 250 libras, o que inviabiliza o trabalho para quem vive com rendimentos apertados. Donos de comércios que atendem regiões na faixa intermediária entre a zona de pagamento também podem ficar no prejuízo.

A zona mais central de Londres já cobra pedágio dos motoristas particulares e os councils, subprefeituras com mais poder de taxação e decisão, têm autonomia para colocar grandes floreiras de madeira – e câmeras, claro – que subitamente limitam a circulação em áreas inteiras ao trânsito local.

Ruas comerciais perdem a vida, murcham, encolhem. Teoricamente, a qualidade do ar melhora, embora muitos duvidem da efetividade de medidas localizadas.

A poluição também é o pretexto da prefeita socialista de Paris, Anne Hidalgo, para obras extensas e demoradas que diminuem as pistas de avenidas de grande circulação e aumentam a área destinada a bicicletas e patinetes.

Resultado: os engarrafamentos aumentam. Consequentemente, a qualidade do ar piora. Mas a ideia é justamente fazer os motoristas sofrerem tanto a ponto de desistir do transporte individual.

O ódio aos carros une esquerdistas e ecologistas radicais, como os militantes do movimento Stop Oil, que pregam simplesmente o fim dos combustíveis fósseis, como se o mundo não fosse entrar num colapso de proporções apocalípticas se isso acontecesse.

O movimento tem chamado a atenção pela tática de jogar tinta ou sopa de tomate em alguns dos quadros mais famosos do mundo – protegidos por vidros – e colar suas mãos nas paredes de museus. Eles também vandalizam revendedoras de carros de luxo, considerados pelos aficionados mais extremados obras de arte do nível de um Van Gogh.

Num ataque a uma revendedora da Mercedes na Alemanha, os militantes grudados em veículos em exposição reclamaram que os responsáveis não ofereceram meios que atendessem suas necessidades fisiológicas “com dignidade”. Também se queixaram que eles apagaram a luz e foram embora – deixando-os na escuridão em que o planeta inteiro mergulharia se seus objetivos fossem alcançados.

O radicalismo infantil de movimentos assim parece ridículo, mas é real o problema da convivência de oito bilhões de seres humanos com 1,4 bilhão de automóveis.

Na Inglaterra do prefeito Sadiq Khan – ou Sádico Khan, como se exasperam motoristas mais prejudicados – a transição para veículos elétricos foi antecipada para 2030. Haverá eletricidade e pontos de abastecimento para todos?

Com o país submetido ao duplo flagelo da recessão e da austeridade, o milagre da multiplicação da energia limpa parece, hoje, bem distante da realidade.

Os carros elétricos também ainda são caros, têm autonomia limitada e não respondem às necessidades do fluxo de abastecimento quando acontecem grandes eventos.

É claro que esses problemas só podem ser resolvidos com mais tecnologia, não com a reversão a modos de vida do passado como pregam os radicais.

Sadiq Khan fez uma consulta à população sobre a expansão do ULEZ: 60% foram contra e 7,5% acharam que só deveria ser aplicado num futuro mais distante.

É claro que a opinião dos moradores de Londres foi ignorada. Num toque adicional de sadismo, o prefeito incluiu o aeroporto de Heathrow na área restrita. Quem for levar parentes para viajar, terá que pagar 5 libras pelo acesso e mais 12,50 da taxa de emissão.

Na época do aquecimento a carvão, Londres vivia mergulhada numa névoa que, combinada a fenômenos climáticos naturais, fez a fama da cidade. Hoje, as dez cidades mais poluídas do mundo estão na Índia, Nigéria, Peru, Bangladesh, Indonésia, Paquistão, China e Gana.

É possível ter ar puro e, ao mesmo tempo, a comodidade do carro particular? As respostas estão sendo testadas nos laboratórios que aperfeiçoam métodos não poluentes, não nos gabinetes dos prefeitos que são ideologicamente contra os automóveis – embora, obviamente, andem em carrões com motorista.

Neverlândia, o país do abismo cognitivo.


Precisamos de pelo menos algumas verdades consensuais, como a noção da forma da Terra. Fernando Gabeira para O Globo:


Não é a primeira vez que visito a Neverlândia. Mas agora vivemos um momento diferente. O país precisa de conciliação, mas é prisioneiro das muitas realidades paralelas.

Conciliação não significa ausência de discordância, luta política ou mesmo caneladas. Mas, para que o debate resulte em algo positivo, é preciso certa realidade consensual. Não sou especialista em planejamento de viagens aéreas. Mas creio que seria muito difícil conceber o tráfico planetário imaginando a Terra plana. Precisamos de pelo menos algumas verdades consensuais, como a noção da forma da Terra ou a certeza de que dois e dois são quatro.

O universo político brasileiro é dividido por um abismo cognitivo. Diante de pessoas rezando na porta dos quartéis, tentando contato com alienígenas ou mesmo cantando o hino nacional para um pneu, é fácil afirmar: vivem numa realidade alternativa. O interessante é observar que os debates bolsonaristas defendem exatamente o oposto. Diante da indiferença em relação ao drama na porta dos quartéis e às múltiplas manifestações ao longo do Brasil, afirmam: vivem numa realidade paralela.

Como são poucos os pesquisadores que frequentam as duas faces da moeda, torna-se cada vez mais difícil achar uma faixa, ainda que estreita, de senso comum. O princípio do acordo talvez possa se dar em torno do resultado das eleições. Observadores nacionais e internacionais concordam que elas foram limpas, transparentes, seguras e auditáveis.

Entre os perdedores, no entanto, há muitas dúvidas. Eles se agarram em palavras complexas, como “código-fonte”. É relativamente fácil convencer uma pessoa de que as eleições só serão reconhecidas se for divulgado o “código-fonte”. Mesmo que não tenha noção alguma do papel do código-fonte, ela se dota de um argumento irrespondível nas rodas de conversa: sem o código-fonte, não tem conversa.

Isso me lembra um dia em que nosso carro em Minas enguiçou, e um mecânico diagnosticou: é a biela. Meu querido poeta Affonso Romano passou o resto do dia saboreando aquela palavra mágica: biela.

É preciso paciência e respeito na explicação sobre o resultado das eleições. Em seguida, é importante também chegar a um consenso sobre o STF. Num hemisfério, o Supremo é considerado o herói da democracia; no outro, o vilão da democracia. A que tipo de base consensual se pode chegar aí? É necessário combater notícias falsas, mas não é possível criar um Ministério da Verdade.

O caminho é fortalecer a capacidade de as pessoas questionarem uma notícia por conta própria. Há muitas possibilidades de treinamento, e não as estamos explorando. Não é razoável insultar ministros na rua, como aconteceu em Nova York. Mas também não é razoável que ministros viajem financiados por empresa para falar de democracia em Nova York.

Se é que há interesse em conciliação, será necessário buscar o mínimo de pontos de contato para que o grande argumento seja, finalmente, aceito: ganhar ou perder as eleições é normal, e a beleza da democracia é uma eleição depois da outra. O que envenena uma força política é supor que não há caminho para alternância no processo democrático.

Em 2018, o STF era acusado de impedir a candidatura de Lula. Foi preciso uma nova eleição para superar o problema. Agora o STF é acusado de reconduzir Lula.

A única forma de superar o que consideram um problema é se fortalecer para uma nova eleição. Ao longo de quatro anos, vimos milhares morrerem pela condução criminosa da pandemia, florestas serem devastadas, a cultura murchar — e seguramos a onda. Certamente, os perdedores de agora temem uma série de erros que o governo Lula poderá cometer. Não há outro caminho, exceto segurar a onda e tentar a virada adiante.

Esse é o sentido da democracia. No clima em que vivemos, terá de ser transmitido com respeito pela dor dos perdedores. Tudo isso num clima em que é difícil distinguir fato e mentira, sobretudo porque, para muita gente, essa distinção, lamentavelmente, perdeu toda a importância.

Recordando o 25 de Novembro e o 25 de Abril


O 25 de Novembro de 1975 repôs e garantiu o respeito pela promessa de uma democracia liberal — nem de esquerda, nem de direita, mas de ambas — anunciada pelo 25 de Abril de 1974. Artigo do professor João Carlos Espada para o Observador:


Voltou a passar relativamente despercebida entre nós a data de 25 de Novembro, 47 anos após a derrota da tentativa de golpe de estado comunista. Convém recordar que esta tentativa de golpe de estado visava restaurar entre nós uma ditadura — ainda que de sinal contrário à que havia sido apeada no 25 de Abril de 1974. E convém igualmente recordar que os comunistas queriam restaurar uma ditadura, desta vez em nome da chamada “democracia popular”, contra a democracia liberal e parlamentar, a que chamavam “capitalista”.

Por que motivo continua o 25 de Novembro a ser menosprezado entre nós é um tema que merece reflexão. É particularmente intrigante que seja menosprezado pela esquerda democrática do Partido Socialista, cujo fundador, Mário Soares, liderou na época a vasta coligação pluralista, da esquerda e da direita democráticas, contra a ameaça comunista. Mas não creio que essa reflexão deva ser transformada numa diatribe da chamada direita contra a chamada esquerda— o que seria uma espécie de repetição, agora com sinal contrário, das diatribes dos comunistas contra a direita e contra a democracia pluralista que, porque necessariamente inclui direita e esquerda democráticas, os comunistas acusavam (e ainda acusam) de ser “uma vasta coligação burguesa, capitalista e imperialista” (e que, na América do Sul, dizem-me que designam por “Centrão”).

Um olhar a meu ver mais estimulante consistiria em indagar o que justificou na era moderna — em certos sectores da esquerda, bem como em certos sectores da direita — a defesa de regimes absolutistas ou ditatoriais em nome do povo. No caso português, o fenómeno foi particularmente intrigante, dado que tivemos uma I República autoritária em nome da esquerda, a seguir um Estado Novo autoritário em nome da direita e depois o autoritarismo do PREC de novo em nome da esquerda — e todos igualmente em nome do chamado “povo”.

Não é certamente aqui o lugar para uma detalhada reflexão académica sobre o tema. Mas talvez me seja permitido sugerir que uma investigação sobre o tema teria invariavelmente de recuar até à revolução francesa de 1789 e aos seus legados intelectuais — não só entre a esquerda revolucionária, mas também entre a direita contra-revolucionária.

Dois autores seriam incontornáveis num estudo desse tipo: Edmund Burke (1729-1797) e Alexis de Tocqueville (1805-1859). [Ambos fazem parte, receio ter de reconhecer, dos programas de Licenciatura, Mestrado e Doutoramento em Ciência Política e Relações Internacionais do Instituto de Estudos Políticos da Universidade Católica Portuguesa].

Edmund Burke foi um deputado liberal (Whig) britânico que se atreveu a defender em pleno Parlamento a revolta dos colonos americanos, argumentando que estes estavam a defender as “ancestrais liberdades inglesas” — que remontavam à Magna Carta de 1215 e tinham sido reafirmadas na inglesa “revolução relutante” de 1688-89. Também é interessante notar que, embora em plena guerra colonial de Londres contra a América, ninguém em Londres se lembrou de o mandar prender por estar a defender os rebeldes americanos.

A surpresa final veio com a crítica veemente do liberal Edmund Burke à revolução francesa de 1789 — que a generalidade dos liberais no início tendia a apoiar, julgando tratar-se de uma revolução democrática e liberal. Mas a crítica de Burke não foi em defesa do chamado Antigo Regime, mas em defesa da liberdade ordeira sob a lei.

Alexis de Tocqueville foi um aristocrata liberal francês cuja família foi perseguida pela revolução de 1789. Mas, em vez de reagir defendendo uma contra-revolução ou o regresso ao Antigo Regime, Tocqueville condenou o que chamou de “eterno conflito entre Antigo Regime e Revolução” ou a “perpétua oscilação entre a servidão e o abuso”. Considerou que a revolução americana de 1776 e a revolução francesa de 1789 exprimiam o advento da “era da igualdade ou da democracia” — que considerou incontornável no Ocidente cristão. Mas alertou enfaticamente para que esta “era da igualdade ou da democracia” poderia ser liberal ou despótica.

Na experiência da democracia na América, Tocqueville encontrou vários ingredientes que garantiam a natureza liberal da democracia americana. Entre outros, vale a pena recordar brevemente (1) a forte limitação do poder do estado pela Constituição— com um poderoso sistema de separação de poderes e de freios e contrapesos; (2) a proteção constitucional garantida à iniciativa privada e ao pluralismo da sociedade civil, ou à “arte de associação”, espontânea e descentralizada; (3) bem como a defesa intransigente da liberdade de expressão, em primeiro lugar da liberdade religiosa.

Tocqueville sublinhou que aqueles preceitos constitucionais não eram exclusivos de uma família política contra outra — pelo contrário, eram comuns às diferentes famílias políticas, mais à direita ou mais à esquerda. E que este respeito comum pelas regras do jogo constitucional garantia a concorrência e alternância pacíficas entre partidos rivais, fazendo da democracia americana uma democracia liberal e não despótica, uma democracia tranquila e não revolucionária nem contra-revolucionária. (A guerra civil de 1861-1865 terá sido a excepção que confirma a regra, dado que ocorreu precisamente em torno de princípios constitucionais).

Em suma, e para concluir um texto que já vai longo, creio que é inteiramente legítimo argumentar que o 25 de Novembro de 1975 repôs e garantiu o respeito pela promessa de uma democracia liberal — nem de esquerda nem de direita, mas de ambas — anunciada pelo 25 de Abril de 1974.

domingo, 27 de novembro de 2022

Haddad na Fazenda? Artigos mostram o que ele pensa sobre economia.


Haddad na Fazenda, a julgar pelas ideias expressas nos artigos publicados por ele nos últimos anos, representaria a cristalização de velhas propostas heterodoxas do PT para a economia. Diogo Schelp para a Gazeta do Povo:


Está tudo ainda no campo da especulação, um balão de ensaio para avaliar a repercussão no mercado, na imprensa, na elite política e em setores da militância, mas o nome de Fernando Haddad tem sido o mais citado nos últimos dias como o preferido de Lula para ocupar o Ministério da Fazenda no novo governo. O plano do presidente eleito é dividir o atual Ministério da Economia em dois, o da Fazenda e o do Planejamento. Mas o que significaria, exatamente, Haddad na Fazenda?

A escolha dele refletiria uma preferência de Lula por um ministro com perfil político na Fazenda e outro, com perfil mais técnico, no Planejamento, como ocorreu em seus primeiros governos. Mas será que Haddad na Fazenda faria o mesmo que Antonio Palocci no primeiro governo Lula, quando deu continuidade à política econômica ortodoxa herdada de Fernando Henrique Cardoso? Há motivos para pessimismo nesse sentido.

O sinal mais recente foi o discurso que Haddad fez em encontro da Febraban (Ferderação Brasileira de Bancos) na última sexta-feira, dia 25. O encontro era compreendido como um teste da aceitação do mercado em torno do nome do petista ou uma tentativa de desfazer resistências prévias ao seu nome.

Aparentemente, não deu certo para nenhum dos dois objetivos. Haddad não deu nenhuma pista de como o próximo governo vai se comportar na questão fiscal, considerando que o esforço atual é o de furar o teto de gastos para cumprir promessas de campanha. Ele limitou-se a criticar a regra do teto de gastos, a afirmar que o orçamento da União precisa ser reformulado e que a repetir que a reforma tributária é prioridade. Em resumo, fez um discurso genérico e nada disse que pudesse acalmar a preocupação de que o próximo governo venha a chutar a responsabilidade fiscal para a casa do chapéu.

Há um outra forma de tentar compreender como seria Haddad na Fazenda: analisar o que ele pensa sobre economia com base nos artigos que ele escreveu ao longo de quase dois anos no jornal Folha de S.Paulo. Economia está longe de ser o tema mais abordado pelo ex-prefeito de São Paulo e ex-ministro da Educação nesses artigos. De um total de 88 textos, apenas 17 versam sobre temas econômicos.

Um deles, publicado em outubro de 2020, fala justamente sobre a Febraban — e de maneira nada lisonjeira. No artigo, Haddad ironiza uma fala do atual ministro da Economia, Paulo Guedes, que chamou a federação de "honrada casa de lobby", e critica o spread bancário, "que expolia empreendedores e consumidores". Haddad critica, também, o teto de gastos e diz que a regra favorece os interesses dos bancos. E ataca também a independência do Banco Central, dizendo que os bancos não queriam que o Estado tivesse controle sobre a política de juros e que agora, de certa forma, o BC é independente do governo mas não do mercado. Em outro texto, chega a citar Karl Marx para defender uma reforma bancária. São com certeza ideias e acusações que não agradam em nada aos banqueiros que receberam a visita exploratória de Haddad.

Falta nos artigos sobre economia de Haddad um entendimento minimamente sofisticado das questões pertinentes às políticas monetária, fiscal e cambial. As críticas à política econômica do governo Bolsonaro e a Guedes invariavelmente descambam para platitudes como a de embalar tudo como "política neoliberal".

Como demonstrou o historiador mexicano Mauricio Tenorio-Trillo, da Universidade de Chicago, "neoliberalismo" é um termo que "engloba tudo e nada ao mesmo tempo", um "conceito explanatório todo-poderoso, carregado com uma carga ética pesada e negativa por meio de uma bombástica falta de especificidade". Ou seja, é um conceito que foi tão abusado e banalizado que acabou perdendo sentido do ponto de vista acadêmico, quando usado para se referir a políticas econômicas e questões culturais. E é a esse tipo de retórica vazia que Haddad se apega quando critica qualquer política econômica que não seja a de governos petistas.

A crítica que Haddad faz à política econômica do governo Bolsonaro e a Paulo Guedes é quase sempre ancorada na questão do teto de gastos. Para Haddad, havia uma tentação de Bolsonaro em furar a regra fiscal, para ficar do lado do povo, ou de respeitar o teto, ficando do lado do mercado e do que defende seu ministro.

Romper o teto de gastos é quase uma obsessão de Haddad em seus artigos. Para ele, é incompatível respeitar a regra e garantir recursos para educação, saúde, etc, como se o problema fosse o controle de gastos em si, e não as prioridades que são estabelecidas.

Em relação à questão tributária, um dos poucos temas em que entra em pormenores, Haddad relaciona o aumento da carga de impostos ao crescimento da desigualdade e critica a recorrente defesa de Guedes pela criação de impostos indiretos e sobre operações financeiras, que oneram os pobres. Defende a criação de um imposto único dual (IVA nacional e estadual), mas também a taxação dos ricos, outra obsessão da esquerda que pouco acrescenta à arrecadação, mas tem, sob o seu ponto de vista, um valor "moral".

Como era de se esperar, também há artigos criticando as privatizações de estatais e a reforma trabalhista. A política nos governos do PT dos "campeões nacionais", que usou dinheiro dos brasileiros para financiar a internacionalização de empresas, em especial do setor de construção, por meio do BNDES, é defendida por Haddad. Ele acredita que essas estratégia será retomada. Nenhuma palavra sobre os escândalos de corrupção, nem quando afirma que a Operação Lava Jato "destruiu" empresas.

O texto dedicado à indústria nacional conclui, com desprezo, que não dispomos de uma "burguesia com projeto de nação". E quando, no começo do governo, os juros estavam baixos, Haddad criticava os juros baixos. Quando subiram, passou a criticar o juros altos. Tem também, é claro, um texto inteirinho para criticar a Reforma da Previdência, que segundo ele aumentará a desigualdade social.

Haddad na Fazenda, a julgar pelas ideias expressas nos artigos publicados por ele nos últimos anos, representaria a cristalização de velhas propostas heterodoxas do PT para a economia. Dificilmente adiantaria ter um liberal no Planejamento para fazer o contraponto.

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