sábado, 28 de abril de 2018

O despertar da Nicarágua contra o tirano Daniel Ortega

Daniel Ortega, que foi um dos líderes dos sandinistas que tomaram a Nicarágua, foi mais tarde eleito mais de uma vez com apoio do bolivarianismo chavista. Por trás daquele bigodinho de Cantinflas há um homem extremamente violento (com acusações de estupro até dentro da família), um tirano violador da Constituição. Enfrenta agora intensa oposição e massacra manifestantes que pedem sua saída do poder. Que mais este maldito desapareça da América Latina. A propósito, segue artigo de Álvaro Vargas Llosa, publicado pelo Instituto Independiente:


A lo largo de los últimos años, mientras en Venezuela y otros regímenes populistas de corte más o menos autoritario se multiplicaban las manifestaciones de descontento y rebeldía, en Nicaragua reinaba una paz mentirosa.

El caudillo Daniel Ortega, que ha masacrado la Constitución bajo la cual asumió el mando en 2007 y se ha vuelto un autócrata vitalicio que manipula las instituciones a su antojo y destruye a cuanto opositor osa desafiarlo, gozaba de una aparente unanimidad, al menos vista desde el exterior. Ahora, con las protestas masivas en todo el país y la respuesta sanguinaria del régimen (hay ya varias decenas de muertos), ha quedado en evidencia que Nicaragua no es una excepción. Es decir, que allí también hay un nervio libertario que resiste las pretensiones de perpetuidad y los métodos opresivos del populismo autoritario.

Siempre, en circunstancias de esta naturaleza, hay una chispa que incendia la pradera. En el caso de Nicaragua ha sido el intento de equilibrar un poco las cuentas del Seguro Social rebajando las pensiones y aumentando las cuotas que pagan las empresas y los trabajadores para sostener el (insostenible) sistema previsional de reparto. Pero hubiera podido ser cualquier otra cosa. ¿Cómo lo sabemos? Por la sencilla razón de que muy pronto las protestas desembocaron en un reclamo democrático y la exigencia de que el régimen autoritario dé paso a un Estado de Derecho. Esas protestas se han mantenido aún después de que Ortega diera marcha atrás en las medidas originales que habían gatillado la reacción ciudadana.

Daniel Ortega ganó las elecciones en 2006 tras un pacto con el corrupto ex Presidente Arnoldo Alemán por el cual el Parlamento modificó las reglas para que se pudiese triunfar en primera vuelta con 35 por ciento del voto. Como la Constitución prohibía la reelección inmediata, Ortega hizo que el máximo tribunal anulara esa prohibición y le permitiera optar a la reelección en 2011, cuando ya controlaba las instituciones y el Estado, y había obtenido, mediante persecuciones y amenazas, la sumisión de los empresarios (antes, mediante un volteretazo ideológico, había logrado pactar con la Iglesia y convertir a su otrora archienemigo, el cardenal Obando Bravo, en su íntimo aliado). Una vez que obtuvo su ilegal reelección, hizo modificar la Constitución porque, naturalmente, pretendía legitimar de una vez por todas la verdadera pretensión: la eternidad presidencial. En las siguientes elecciones, las de 2016, fue más lejos y, con un descaro propio de las dictaduras folclóricas del siglo XIX, declaró ilegales a los partidos de la coalición opositora y la candidatura de su único rival peligroso, Eduardo Montealegre.

Mientras tanto, gracias a que los empresarios invertían de dinero por el pacto de no agresión con Ortega y a que el control social del aparato orteguista era, o parecía, total, la economía crecía. Asimismo, con los petrodólares del chavismo consolidó una clientela que les permitió, a él y a su esposa, Rosario Murillo, que es también su Vicepresidenta, reinar como monarcas absolutos.

Hasta que sucedió lo que tenía que suceder, es decir el despertar de la sociedad civil y su reclamo democrático. La virulenta respuesta de Ortega, que ha utilizado turbas violentas contra los opositores además de la represión tradicional, da una idea del miedo que se ha instalado en el autócrata de Managua. Pero también del descontento que estaba latente y ha salido a la superficie. No sabemos si esa movilización que abarca varias ciudades de Nicaragua podrá forzar una salida democrática o será, finalmente, sofocada por la represión. Pero sí sabemos que los nicas no son diferentes de los otros pueblos latinoamericanos hartos del populismo autoritario.

Um comentário:

Anônimo disse...

Um doce para quem adivinhar quem sempre apoiou esse ditadorzinho de mierda. Que se vaya logo esse desgraçado. Pobre Nicarágua, que se livra de um somoza e cai nas garras de um casal picareta.